
En
los tiempos de maricastaña, cuando no existían las lavadoras automáticas, había
un leñador y una lavandera que tenían siete hijos y una hija. La hija, que
tenía siete años y era la menor, siempre iba al bosque con su padre en verano
y, mientras él cortaba leña para vender, ella recogía margaritas para su madre;
por eso todos la llamaban margarita.
Un
mal día, el leñador se despeñó por un barranco y se murió. A partir de
entonces, su mujer tenía que trabajar el doble lavando la ropa de los ricos en
el río. Sin embargo, por más que trabajase, algunas veces no podía comprar ni
comida.
Aquel
mismo año, una tarde de octubre, cuando los niños llevaban tres días sin haber
comido más que una patata, al volver de la escuela, empezaron a pedir a gritos.
-¡danos
pan, madre! ¡danos pan! ¡danos pan!
-¡parecéis
cuervos hambrientos! ¡ojalá os volvierais cuervos!
Y en
aquel instante, los siete niños se convirtieron en cuervos y echaron a volar.
La desdichada mujer, al ver semejante desgracia, se puso enferma de pena y, al
poco tiempo murió.

Margarita se quedó sola y muy triste; todos los días, después de la escuela, iba al pie de un chopo solitario que había junto al río a ver a una bandada de cuervos, que se posaba siempre allí al caer la tarde. Pero los cuervos no podían hablar con ella y, al cabo de un rato, la niña se iba a casa llorando.
Así
pasaron siete años hasta que, una dorada tarde de otoño, estaba margarita
llorando al pie del chopo, cuando, de repente, se presentó un duende delgaducho
de orejas puntiagudas y pelo blanco y alborotado que no paraba de dar saltos y
volteretas.
-¡ay
que susto! -exclamó ella-. ¿quién eres?
-eso
no importa ahora, margarita -contestó el duende con una cabriola-. Sé por qué
vienes aquí desde hace siete años y te pones a llorar. Ya has llorado un año
por cada hermano que perdiste, así que ahora puedo decirte lo que tienes que
hacer para que recuperen su forma humana.
-¿de
verdad? -preguntó margarita con entusiasmo-. Dímelo enseguida, por favor, que
les echo mucho de menos.



